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El yatul consiste en un cultivo asociado, mixto o acompañado alrededor de sus casas. En esta siembra simultánea y organizada de variadas semillas en un mismo huerto se aprovechan al máximo los recursos y nutrientes del suelo y las propiedades de las diversas plantas.

Esta práctica agrícola es esencial para los Misak, pueblo indígena colombiano asentado en el Resguardo de Guambía, resguardo que es de propiedad colectiva, en el Municipio de Silvia (Cauca)

Al recorrer el resguardo de Guambía, los yatules o huertas caseras de los Misak, sobresalen entre el paisaje verde. A lado y lado de la carretera los hay de cebolla, coles, papa, ajos, arracacha y plantas medicinales.

El yatul consiste en un cultivo asociado, mixto o acompañado alrededor de sus casas. En esta siembra simultánea y organizada de variadas semillas en un mismo Ellmarik yu (como se dice huerta en Namtrik, el idioma que hablan los Misak) se aprovechan al máximo los recursos y nutrientes del suelo y las propiedades de las diversas plantas.

En una misma parcela se ponen semillas de pura, maíz, y tsirruy y fríjol. Cuando crece el maíz su tallo ofrece soporte para que el fríjol se enrede y, en intervalos, siembran alverja, papa, haba y oca, entre otras plantas alimenticias. El maíz también protege el haba del viento, aunque no necesita apoyo como el fríjol para sostenerse.

Esta práctica agrícola es esencial para los Misak, pueblo indígena colombiano asentado en el Resguardo de Guambía, resguardo que es de propiedad colectiva, en el Municipio de Silvia (Cauca) al cual se llega por carretera a dos horas y media de Popayán al sur del país.

Este pueblo se concentra, principalmente, en el departamento del Cauca, pero también en otros departamentos. Según información del Departamento Nacional de Estadística (Dane), año 2018, hay 21.703 Misak.

Siendo el Misak un pueblo agropecuario, lo paradójico es que su principal problema es la falta de tierra. Esto ha llevado a que se trasladaran a otros departamentos de Colombia: Cundinamarca, Valle del Cauca, Huila, Putumayo, Caquetá y Meta.

Ellos se consideran gente del agua. “Los anteriores nacieron del agua, venidos en los shau, restos de la vegetación que arrastra la creciente. Son nativos de aquí de siglos y siglos”, explica el libro Guambianos: hijos del arcoíris y del agua.

En la preservación de esta práctica agrícola y esencial de los Misak ocupan un lugar determinante las mujeres. Ellas no solo cultivan, cuidan de su familia, sino que se han abierto camino, desempeñado cargos públicos y de elección popular, antes impensables para ellas, porque se creía que su lugar era solo el hogar, como concejalas y una alcaldesa.

Desde el yatul del hogar donde creció con sus padres, Mama Cecilia Tombé explica que la conexión con la madre tierra inicia desde el vientre materno y a medida que los niños crecen, aprenden de la mano de sus padres a trabajarla, cultivarla y a ordeñar las vacas, entre otras labores.

Los Misak han transmitido de generación en generación la importancia de ese vínculo y de cultivar la tierra; además, de la necesidad de respetar los ciclos agrícolas de cada producto, y a elegir, con base en los conocimientos tradicionales, el momento ideal para sembrar teniendo en cuenta dónde está situada la huerta: en tierra alta, media o baja.

Los lugares, las épocas, el tipo de suelo, su pendiente, irrigación y otros seres de la naturaleza como el viento, las heladas y las fases de la luna son factores por considerar durante el trabajo agrícola.

El olvido de estos saberes ancestrales lleva al fracaso económico y de la siembra. Por eso, es crucial recuperar este conocimiento y darlo a conocer entre toda la comunidad, pero especialmente los más jóvenes.

Recordar las prácticas culturales es esencial para que la tierra no enferme. Tombé explica:

“No se podía caminar sobre la tierra cuando se tuviera el periodo de la mujer. Esto era grave pues, aunque es señal de vida, a la vez es un “sucio” que ella expulsa. Como la tierra es muy sana, tiene su espíritu, no debemos ensuciarla”.

Antes: “Las mujeres se guardaban cuatro días y después de una limpieza podían caminar la tierra. Proteger los cultivos es fundamental, puesto que de los mayores aprendieron que sin estos pasarían hambre”, dice Tombé.

FUEGO Y PALABRA

El yatul y el fogón son fundamentales en la vida Misak. Al pie del fogón, comenta Mama Cecilia, se forma la persona. Allí se transmite el calor de la madre, del padre, de la familia y realizan el círculo de la palabra.

Es el momento del día en que se sientan alrededor del fuego no solo para alimentarse, sino para saber cómo estuvo su día y planear el trabajo para la siguiente jornada, incluida la huerta.

No solo en el área rural encontramos los yatules. En el patio de su casa ubicada en el casco urbano de Silvia (Cauca), María Antonia Muelas organizó su pequeña huerta donde sembró cebolla, sábila, papas, mora y arrayán, entre otras plantas.

Como en todo yatul, las semillas no compiten por los nutrientes, pues son complementarias. Los desechos vegetales que se producen al cosechar unos, sirven de abono orgánico para los demás.

El compost que María Antonia prepara con restos orgánicos de cáscaras de huevo y plátano, entre otros, mezclado con ceniza sirve como abono orgánico para la tierra. Ella procura mejorar la tierra para que no le falten las plantas que usa en sus comidas y para fines medicinales como la orejuela, o suculenta, que sirve para bajar la fiebre de los niños, por ejemplo.

MEDICINA PROPIA

Adriana Velasco Muelas es hija de María Antonia. Tiene 23 años, estudia antropología y es como ella misma se nombra: caminante de la medicina tradicional. Su padre se ganó el respeto de la comunidad en ese campo y ella sigue sus pasos.

Su madre siembra las plantas y ella, con el conocimiento recibido de su padre mejora la salud de quienes buscan su ayuda. En ese pequeño espacio entre el muro de su casa y el patio tiene los elementos con los cuales alivia a las personas.

Ahí está la suculenta roja, que sana las desarmonías que se presentan cuando una mujer va al páramo teniendo su periodo menstrual, lo cual no debería hacer, porque, aunque se cree que este es sinónimo de vida, también en esos días se desecha energéticamente lo que no sirve.

El arrayán en infusión sirve para tratar el dolor de garganta, las pepas de aguacate para el insomnio y las hojas de la uchuva, licuadas con zanahoria y tomate de árbol, ayudan a adelgazar.

Cuando Adriana comenzó con la medicina tradicional, hace aproximadamente cinco años, fue difícil porque no había mujeres médicas o, por lo menos, no eran visibles.

“Ahorita estamos en ese tema de repensarnos la fuerza de la mujer. Ya las mujeres están saliendo a los espacios y las mujeres se están auto-reconociendo como sabedoras. Eso está bien porque se fortalece ante la gente la idea de que las mujeres también pueden ejercer la medicina propia”, señala Adriana Velasco.

En su comunidad la mayoría de los médicos tradicionales eran hombres mayores. Al principio tuvo algunos tropiezos con personas que intentaron manipularla, pero la mayoría la han apoyado y confían en ella.

PLANTAS Y CICLO DE LA VIDA

En las huertas caseras no solo hay plantas para el consumo, sino también medicinales, aromáticas y ornamentales. La mujer cumple un rol fundamental en su conservación porque las cuida con la delicadeza y artesanía de sus manos, ella sabe qué plantas son comestibles y cuáles son remedio.

Las semillas son orgánicas, no transgénicas. Preservar las semillas es crucial para que los yatules se conserven, con las aproximadamente 54 especies de plantas que tienen los Misak, pues estas los acompañan desde antes del nacimiento hasta que mueren, es decir, durante el ciclo de la vida.

“Unas horas antes del parto, la mujer consume plantas medicinales para calmar el dolor y después del nacimiento del bebé se utilizan para el baño de él y de la madre, para que ella se reponga y produzca más leche materna. Además, durante el primer periodo menstrual son utilizadas y a la hora de la muerte preparan sahumerios antes de que los espíritus retornen al inicio”, sostiene María Victoria Muelas del programa Siembra.

La medicina propia es esencial en la cultura Misak. Mama Ascención Velasco, es gerente del Hospital Mama Dominga y Coordinadora del programa de salud del pueblo Misak, que maneja la medicina convencional y ancestral, que funciona en varias sedes: en el casco urbano de Silvia, otra en la Vereda Las delicias y en Sierra Morena, ofreciendo así la posibilidad de acudir a cualquiera de estas locaciones.

Desde la medicina occidental el hospital tiene consulta externa, medicina especializada, laboratorio clínico, farmacia, servicio de hospitalizaciones, ginecobstetricia y psicología entre otras. Entre tanto, el programa de salud propia, a través de la red de sabedores ancestrales, ofrece armonizaciones y refrescamientos, servicio de partería, medicamentos propios y terapias alternativas, en la Casa de la Salud y Nutrición ubicada en Sierra Morena Frailejón a pocos kilómetros del casco urbano del municipio.

“Dentro del programa de salud se trabaja más la medicina propia porque es la ancestralidad”, señala Ascención, quien ha sido concejal del pueblo Misak y ha abierto trocha para otras mujeres.

Para los Misak todas las plantas son especiales. “Esto se maneja desde la familia. Casi no van al hospital, sino que manejan la planta, la espiritualidad propia y con su médico o médica de confianza hacen refrescamientos o armonizaciones para no enfermar físicamente y para vivir en armonía con la familia, el entorno y la comunidad. Eso es lo primordial”, agrega Ascensión.

Las plantas como alimento y con propósitos medicinales no pueden faltarle a los Misak. Mama Mercedes Tunubalá, alcaldesa Misak de Silvia (Cauca) indica que, en el resguardo su madre le enseñó la siembra y la cosecha del yatul.

“Este es parte de la economía propia, pues los productos intercambiados entre vecinos fortalecen los hogares. Una familia puede ahorrar un 80% al tener estos alimentos en su casa y complementar el resto, como algunos granos y otros productos, alimenticios que no se dan en su tierra”, dice Tunubalá.

Durante su mandato local, ella busca fortalecer el desarrollo agropecuario, las economías indígenas y campesinas pues, según indica, estas no se basan en la explotación como ocurre con las de gran escala.

“Desde la visión nuestra, la economía no es de mercado, sino de conservación. Siempre pensando en el medio ambiente, en el entorno, en el relacionamiento de los espíritus de la naturaleza y el respeto de la madre tierra, respeto que debe tenerse en cada uno de los pasos del ciclo de la producción”, finaliza Tunubalá.

Por J. Fernanda Sánchez Jaramillo y Diana Jembuel Morales*
Fecha: 12/07/2021

* Fernanda Sánchez Jaramillo y Diana Jembuel Morales son comunicadoras sociales y periodistas. Fotos y videos: J. Fernanda Sánchez Jaramillo.
Fuente: El presente reportaje fue posible gracias al apoyo de la Earth Journalism Network (EJN) de Internews para cubrir historias sobre pueblos indígenas en Latinoamérica. Especial para el Espectador y reproducido por Servindi con autorización de las autoras.

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