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La comunidad Vicente Catrunao Pincén elige un camino de equilibrio y armonía para reconstruirse desde la espiritualidad, recupera su esencia para volver a ser, para ser por dentro y no una figura vacía que se viste de indio.

Cuando ingresé a la militancia indígena a principios de los ochenta mis saberes y mis perspectivas sobre el tema eran muy acotados por el pobre conocimiento que tenía. Traia conmigo historias familiares, mitos, prejuicios, autodiscriminación, todo ello resultante de años de aculturación y de negación de nuestra propia realidad.


Asumida mi condición de descendiente de un pueblo sometido me aplico a aprender y conocer cualquier cosa que tuviera que ver con mi pasado y el de los pueblos indígenas. Fueron épocas de una gran militancia y de un despilfarro de energías en cualquier cuestión que tuviera que ver con la causa. De la vergüenza adolescente pasé a un odio visceral a todo lo que tuviera que ver con la cultura occidental y la conquista. Cada 12 de Octubre representaba para mi una herida por donde fluían un rencor ancestral y desmedido.

Durante un tiempo todo fue así hasta que un día, en un lugar de La Pampa unos abuelos me detuvieron. Con la dulzura y sabiduría propia de los mayores me dijeron, que si bien muchas cosas de las que hablaba eran ciertas, no las decía bien. No se puede hablar desde el rencor, desde el odio. Eso no le hace bien a nuestro espíritu y nada tiene que ver con nuestra esencia. Nosotros debemos tener un buen corazón, para poder tener buenos pensamientos. Cuando me estaba yendo y luego de agradecer el consejo a los mayores, uno de ellos me llamó y me acotó: “Además, el odio y el rencor no son políticos, no se puede construir nada desde ellos”.

Mi vida cambió desde entonces, intenté seguir estas enseñanzas pero mi camino recién comenzaba. Trabajando en la Fundación desdeAmérica, llegó un día una señora de origen francés, con los restos óseos de un paisano tehuelche al que ella llamaba Miuti. Quería que lo enterrara a la usanza indígena. Yo acepté y prontamente me puse a buscar hermanos del sur que me ayudaran con esta tarea, pero lamentablemente no encontré a nadie. Esto me obligó a introducirme en el mundo de la espiritualidad, a aprender sobre el bien y el mal, la salud y la enfermedad y sobre las diferentes entidades espirituales.

Pero no fue sino hasta el año 2000 cuando por primera vez me invitan a una rogativa o nguillatun, que toda esta teoría que tenia sobre el tema, pudo ser refrendada por la realidad. Con mis hermanos de Neuquén pude iniciar por fin un camino dentro de la espiritualidad que me llevó de ser un simple participe de las ceremonias, a un purrufe (danzante o bailarín del choique purrun), luego a ser unelto (líder de grupo de baile) y por ultimo lonko o cabeza de mi comunidad.

Aquí me entra la duda, este camino ¿es mi elección, o estoy respondiendo a un mandato ancestral ? Mi tatarabuelo Vicente era un Nguempin o dueño de la palabra, una especie de sacerdote, responsable de las tradiciones y ceremonias de nuestro pueblo, recuerdo incluso a muchos hermanos de diferentes comunidades que sabiendo el significado de mi apellido me decían: “Usted tiene la obligación de saber más que el resto”. Ellos veían algo para lo cual yo todavía no estaba preparado.

Hoy este camino espiritual no es solo mío. Es el camino de mi comunidad, nosotros intentamos recuperar nuestra esencia, ser por dentro y no una figura vacía que se viste de indio transformándose en mera imagen folclórica. Solo siendo nosotros, podemos aportar a quienes nos rodean, para que puedan comprender mejor quiénes somos y qué necesitamos. De lo contrario seguiríamos sumando confusión y desconocimiento que no nos hace nada bien, ya que no ha logrado solucionar en muchos años nuestra pobreza, la mala calidad de vida, los problemas de salud y los conflictos territoriales, entre otros problemas. Nosotros debemos vivir de acuerdo a nuestros valores, en equilibrio y en armonía, como nos enseñaron nuestros mayores. Esa es nuestra manera.

Fuente: Luis Eduardo Pincén
Fecha: 29/07/2015

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