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O el museo del horror. Una cruda reflexión sobre las prácticas abominables que en aras de la ciencia se llevaron a cabo en estas tierras contra los pueblos indígenas

“Moreno es un verdadero exponente de las mejores virtudes de la raza, al margen de su condición de argentino" (Riccardi, 1989) (1). “Ahí estaba, negra, seca, consumida con los párpados cerrados… Una cabeza que parecía dormitar en la punta de aquel poste, con los labios contraídos y secos, mostrando la estrecha línea de su dentadura…” (Conrad, 1999)

“…He de hacer que la voz vuelva a fluir por los huesos… Y haré que vuelva a encarnarse el habla… Después que se pierda este tiempo y un tiempo nuevo amanezca…” Himno de los muertos de los guaraníes (Roa Bastos, 1985)

El escrache

En el año 2005 representantes de comunidades originarias se reúnen en las escalinatas del museo, perteneciente a la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM,UNLP) para realizar un escrache. Saben que dentro del museo, uno de los más importantes del país, se encuentran en exhibición los restos de sus antepasados. Ya han reclamado en reiteradas oportunidades el retiro de exhibición y restitución a sus comunidades, pero sus reclamos no han sido escuchados. Esta vez será diferente, no vienen a pedir ni a solicitar. Llegan bien temprano y aunque sus comunidades están lejos, son muchos. Hay representantes mapuches, tobas, incluso varios amautas -sabios- llegaron desde Bolivia especialmente para el escrache.

El museo es monumental -consta de cuatro plantas y mide 135 metros en su eje mayor y 70 metros en el menor- sus columnas desmedidas. Dos fabulosos tigres diente de sable, a los que el “Perito” Moreno, el fundador del museo, para fastidio del primer paleontólogo del país Florentino Ameghino y para darles mayor majestuosidad les puso largas colas de leones africanos, custodian las elevadísimas puertas de madera. Éstas, a su vez, tras grandes rejas negras están custodiadas por guardias de seguridad privada. En el museo trabajan e investigan cientos de personas, entre ellos el joven antropólogo y cineasta Cristian Jure, quien sale a recibirlos, cámara en mano. Los acompañará durante toda la jornada, quedando ésta registrada en su documental “Jalalla”. Los incita a entrar al museo. Tras breve consulta deciden entrar. Silenciosamente suben las escaleras. En el interior, a pesar del intenso frío que allí invariablemente reina, todos transpiran, los nervios y la tensión se sienten en el aire. La Dra. Silvia Ametrano, directora de la institución, los guiará hacia la sala de antropología biológica, en el primer piso, donde se encuentran la mayoría de los cuerpos exhibidos. Mientras suben las escaleras las ancianas encienden inciensos y sahumerios en recipientes de plata. El humo los rodea y la tensión crece. Son evidentes los nervios de los guardias de seguridad, dos de ellos se acercan a la doctora, no se escucha lo que ella les dice, pero los guardias se retiran unos metros. Mujeres y hombres comienzan a cantar en quechua.

En la sala de antropología los espera el horror, expertamente preparado para impactar al ingenuo visitante, casi ochenta cráneos con las denominaciones “Calchaquí”, “Patagones”, “Araucanos”, “Bolivianos”, “Amazonia”, etc., son expuestos en las vitrinas. En cajas de acrílico transparente están las momias de Tiahuanaco, del desierto de Atacama, del Calafate, de las Islas Canarias, etc. En una de ellas se encuentran momificadas -al igual que en el cuento de Joseph Conrad “El corazón de las tinieblas”-, la cabeza, los pies y las manos, cortadas a serrucho, de un africano, un guerrero nubio asesinado.

Se escuchan los primeros llantos cuando comienzan a dar la vuelta a la sala, diferenciándose así involuntariamente de las más de cuarenta mil personas, mayoritariamente contingentes escolares, que la recorren por año. Expuestos de manera macabramente confusa se encuentran: un pedazo de piel de un marinero “americano”, de 5 cm x 10 cm, con el tatuaje de la bandera de los confederados del sur y a su lado la columna vertebral de un famoso ladrón italiano, Domingo Parodi (2) alias “El jorobado”.

En la vitrina siguiente, bajo el título “Trepanaciones”, se ve un cráneo con el rótulo “trepanación peruana”; sin embargo el cráneo pertenece a la colección de franceses pobres que el “Perito” Moreno, fundador del museo platense, intercambió con sabios franceses por esqueletos y cráneos de los pueblos originarios de América.

El único esqueleto completo expuesto, se dice, perteneció a un “no-docente que dono su cuerpo a la ciencia”. Luego se comprobará que es del joven yámana llamado “Maish Kensis”, quien prisionero en el museo murió dentro del mismo a los 22 años y su cuerpo descuartizado, -esqueleto, cerebro, cuero cabelludo, piel, etc.- pasó a formar parte de sus colecciones del “Perito”.

Hombres y mujeres se abrazan, lloran, cantan y entonan plegarías o rogativas en distintos idiomas, se arrancan los cabellos las ancianas, y preguntan ¿Porqué alguien puede tener así los restos de sus antepasados? ¿Cómo se puede, aun hoy, tenerlos como si fuesen cosas y no personas? La directora del museo, la experta en meteoritos, licenciada en Geología y Doctora en Ciencias Naturales Silvia Ametrano, trata de explicar: ¡Era una cuestión de época tener cráneos y esqueletos expuestos! ¿Cuestión de época? Interpela un joven ¡si estamos en el año 2005! Silvia intenta una respuesta, pero nadie parece escucharla. Recién cuando se compromete a cumplir con el pedido de retirar los restos de la sala y restituir la momia de Tiahuanaco, le prestan atención. Entonces, cabizbajos, con los ojos rojos, se van de la sala, dejando atrás una gran vitrina con las grotescas representaciones de “un negroide, un asiático, un caucásico y un amerindio”, que contradiciendo décadas de estudios y de luchas por los derechos humanos, reza: “Razas del Mundo”.

La ignominia

Silvia Ametrano convocó a los antropólogos de la facultad y les presentó la propuesta del retiro de exhibición de todos los restos humanos del museo a su cargo. Como primera medida se convocaría a una jornada de discusión sobre el tema, de la cual saldría una declaración apoyando el pedido, luego lo presentaría en el Honorable Consejo Académico de la FCNyM,UNLP, del cual el museo depende, y una vez aprobado se procedería el retiro exigido por las comunidades. La jornada de discusión se realizó rápidamente y el petitorio fue firmado por la mayoría de los antropólogos de la institución. En la última sesión del Honorable Consejo se presentó el expediente. Silvia habló pausada y tranquilamente, exponiendo los puntos de vistas de las comunidades y de la mayor parte de los antropólogos de la Casa de Altos Estudios. Descontaba la aprobación del expediente, ya que la agrupación a la que pertenece, “Unidad”, contaba con la mayoría de los consejeros académicos. Cuando ya se estaba por votar, presumiblemente a favor del retiro, pidió la palabra el estudiante Nicolás Ramos, consejero estudiantil, presidente reelecto del centro de estudiantes y, en ese momento, candidato a diputado provincial por el Partido Comunista, quien exhortó a no aprobar el retiro e iniciar una nueva serie de consultas, durante el año 2006, esta vez invitando a quienes se oponían al retiro. Imprevistamente se votó su moción que salió aprobada. La geóloga miró fugazmente al “auxiliar docente de segunda” de la cátedra de geología y se retiró con el expediente fuertemente sujeto. ¿Qué pasó? le preguntan. Sin poder ocultar su bronca, por lo bajo exclama: ¡Hay consejeros panqueques!

Escarnio

En los subsuelos del Museo de La Plata se trabaja, investiga y estudia. En el Aula-laboratorio “Lilia Azcona”, hasta el año 2005, se cursaba la materia Métodos y Técnicas en la Investigación Antropobiológica, del quinto y último año de la licenciatura en Antropología. En esta materia básicamente se aprende a determinar sobre los esqueletos el sexo, edad, causa de muerte, lecciones post y peri-mortem, etc. Ésta es la mayor diferencia del trabajo forense de un médico, quien realiza la identificación sobre el cuerpo todavía sin descomponer. Este trabajo de identificación es claramente uno de los logros más importantes de la Antropología Biológica y el Equipo Argentino de Antropología Forense (EEAAF) un claro ejemplo de ello.

En el “Aula-laboratorio Lilia Azcona”, durante la cursada de métodos 2005, un estudiante pregunta: ¿La cátedra apoyará los pedidos de restitución de los restos humanos, reclamados por las comunidades? La docente de turno plantea que ella está de acuerdo, que le parece un horror que se mantengan posturas en contra, pero que ésta era sólo su opinión, que los demás integrantes de la cátedra y que casi todo el departamento de Antropología Biológica estarían en contra, ya que los esqueletos y cráneos de los “indios” forman la mayor parte del material para los trabajos, las tesis doctorales, las colecciones de referencia, etc., y principalmente porque la mayoría pertenecen a la AAA -Asociación Argentina de Antropobiólogia - que hasta el 2007 se opuso a toda restitución-.

La docente dice estar de acuerdo con las restituciones, y para diferenciarse rápidamente del resto de los llamados “Antropobiólogos”, señalando hacia una antigua vitrina denuncia en vos baja: “En exposición está la coraza del Cacique Chokori pero acá está la barbilla del cacique Chokorí junto a los testículos y el cerebro del Cacique Inakayal”. Silencio absoluto. No se escucha ni la respiración de los cinco estudiantes que cursan ese año -la “antropobiología” no es muy popular, la mayoría de los estudiantes se vuelcan hacia la arqueología y el resto hacia la antropología social-. De los cinco, solo uno se mueve, -el que preguntó por la restitución- avanza sobre la vitrina, la abre, toma el frasco que la docente señala como la barbilla del gran Cacique Chocorí y lee en voz alta: “Órganos genitales femeninos y boca pertenecientes a una momia de Jujuy”, lo deja rápidamente, entre los numerosos frascos que contienen los cerebros y cueros cabelludos del Cacique Inakayal, de su familia, de Maihs Kensis, todos muertos en esos sótanos del museo, fetos en formol, etc., etc. Cierra la puerta de la vitrina y raudamente abandona “El Azcona”, sus compañeros y la docente continúan con la clase del día: “Puntos craneométricos”, sin saber que en esa “aula-laboratorio” nunca más se dictarán clases.

Colectivo GUIAS (3)

El primer lunes de marzo de 2006, en las escalinatas del Museo, se reúnen tres estudiantes de antropología, con el transcurrir del año se irán sumando otros. Comienza un nuevo año lectivo y aunque ya terminaron de cursar todas las materias de la carrera habían quedado, a fines de 2005, que a las ocho de la mañana se reunirían en la biblioteca del museo. Pensarían juntos como apoyar el retiro de los restos que las comunidades reclamaban. Estudiarían de qué restos se trataban y lo más importante de quienes eran. Sabían que dentro del museo había muerto el Cacique Inakayal, cuyos restos habían sido restituidos en el año 1994 pero nunca imaginaron con lo que se encontrarían dentro de las catacumbas del museo, ni mucho menos que la “olla” que destaparían con su investigación los marcaría para siempre.

“Colecciones” de restos humanos

En la vasta biblioteca del museo siempre hace frío, pero las manos les tiemblan por otra razón. La bibliotecaria les ha acercado el pequeño catálogo de 120 hojas que han pedido: el Lehmann-Nitsche. Entre las 5581 “piezas” catalogadas, -mayoritariamente cráneos y esqueletos, algunos con nombre y apellido- en el capítulo VIII, el último, titulado “Varia”, están registrados, desde el número 5434 hasta el 5447, los cerebros, las mascarillas mortuorias y los cueros cabelludos de los prisioneros que murieron dentro del mismo museo.

Por Fernando Miguel Pepe
Fecha: 30/5/2016

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