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Suena raro, pero fue el incendio de la catedral de Notre Dame en París, Francia, la que me abrió un nueva perspectiva sobre la obra de Freddy Mamani, el ingeniero aymara que ha revolucionado arquitectónicamente la ciudad de El Alto, en el Estado Plurinacional de Bolivia en Sudamérica.

Por fallas eléctricas y descuido humano, la hermosa catedral gótica construida entre los siglos XII y XIII y en plena tarea de restauración, el 15 de abril de este año sufrió un incendio que destruyó buena parte de su estructura y un sinfín de valiosas obras de arte. Fue un espectáculo estremecedor al que el mundo asistió en tiempo real gracias a los medios de comunicación, como también lo fue lo que simultáneamente sucedía en los alrededores del emblemático templo parisino: cientos de personas, espontáneamente reunidas, elevaban sus voces en cánticos religiosos y hasta una orquesta sinfónica autoconvocada ofrecía un concierto de música, nacida, talvez, en la misma época y lugar que la catedral ahora en llamas.

Desaparecía un edificio, invalorable, por cierto, pero el espíritu, la cultura que lo había hecho posible, seguía en pie. Y era claro que mientras eso sucediera, otros edificios volverían a construirse, iguales o distintos, como expresión de una forma de vida macerada en siglos de existencia.

Los edificios son objetos materiales sujetos al tiempo y al espacio. Pueden derrumbarse por falta de uso, ser saqueados o directamente demolidos. Pero la cultura que los produjo, aún perseguida o desprestigiada, difícilmente se borre de la memoria profunda de sus herederos. Queda en la música, en la vestimenta, en las comidas, las creencias y rituales, o en pequeños gestos como el despertar cada mañana en un mundo pensado de determinada manera. Y, en muchos casos, en el orgullo de descender de los que fueron parte de algo muy poderoso. Por ejemplo la cultura Tiahuanaku.

Freddy, un “niño terrible”

Hay un término en francés, “enfant terrible” (niño/a terrible) que define a una persona de conducta fuera de lo común, llamativa, original y hasta caprichosa. Que produce escándalo al romper los cánones, pero lo hace con talento y creatividad.

Los que asistíamos a la conferencia de Freddy Mamani “Arte y arquitectura neo andina; el desafío de tejer la ciudad aymara” en el marco del Encuentro de Cultura, Arte y Arquitectura Indígena de las Américas, realizado en marzo de este año en Buenos Aires, conocíamos de antemano su obra: cierta cantidad de edificios de unos seis pisos de altura, muy coloridos y profusamente decorados con motivos tradicionales andinos, que irrumpen en el monótono y opaco paisaje urbano de El Alto, el poderoso conglomerado indígena que cerca a la ciudad de La Paz, en Bolivia, desde sus 4.100 metros de altura.

Estos edificios fueron, y siguen siendo, motivo de escándalo en los círculos arquitectónicos convencionales, que no ahorran adjetivos clasistas y estéticos desvalorizantes al referirse a ellos. Sin embargo, las publicaciones especializadas se han ocupado de estas construcciones como “casos raros”, como travesuras juguetonas de los indígenas de un país tercermundista, especialmente en contraste con los gigantes vidriados de matriz “centro financiero” que uniforman los paisajes urbanos de todo el mundo. Y tal fue el “efectoMamani”, que al momento de su conferencia en Buenos Aires, Freddy venía de participar en una exposición sobre sus obras justamente en ese nudito de sofisticación y vanguardia que, desde siempre, ha sido la ciudad de Paris.

Una cuestión de lecturas

Saturados de decoraciones y colores (hasta de luces intermitentes destacando los volúmenes), estos chispeantes edificios fueron ideados y construidos por Mamani sin jamás repetir los diseños.

“Mi inspiración es Tiahuanaco” –explicaFreddy, refiriéndose a las monumentales ruinas en las cercanías del lago Titicaca, que, a lo largo del primer milenio d.C, fueron centro del imperio que floreció en la zona y del cual los aymara se reconocen herederos. Reconoce asimismo la inspiración de la geometría y motivos de los tejidos andinos y de los colores de los aguayos (mantas usadas para contener la carga otransportar los niños pequeños) que las mujeres llevan sobre sus espaldas. También de sus polleras superpuestas y su graciosomovimiento circularal desplegarse en el giro de las danzas, que plasma en la yesería de los salones internos.

Exteriormente, predominan las estilizaciones de serpientes, cóndores, pumas y ojos de dragón sobre paredes que alguna vez rematan en techumbres cuyas esquinas manifiestan un cierto aire chino. “Mi primera obra la hice por encargo de un comerciante que había estado en China y tuve que estudiar mucho la arquitectura de ese país”, recuerda Freddy, talvez remontando la memoria ancestral tiahuanacota mucho más lejos de lo comprobado hasta el momento.

Pero más allá del simbolismo visual, estos edificios muestranotros aspectos de la cultura aymara: sus comitentes son personas enriquecidas, entre otras cosas, merced al comercio, fruto de ese incansable trajinar de siglos llevando y trayendo mercancías, la milenaria minería o el abastecimiento de suministros para las tareas agrícolas…y el imprescindible mercado para el intercambio. Es en correspondencia con estas tradiciones que la distribución interna que encomiendanreflejala forma en quela familia andina comparte el espacio simultáneamente habitacional y productivo. Por ello, en la planta baja se disponen locales comerciales; en los próximos niveles amplios salones destinados a actividades sociales o deportivas, y, seguidamente, plantas de oficinas y departamentos (todos aptos para uso familiar o alquiler) para rematar, en lo más alto, en la vivienda, el “chalet”, del propietario.

Según la Fundación Cartier, de Francia, por su originalidadla muestra de Freddy en París atrajo a 140.000 personas. Un éxito de aceptación, sin dudas, pero talvez si pensamos su obra desde otro punto de vista, como un conjunto de signos que nos hablan de una cultura y nos comunican algo, veremosque, al trascender el aspecto “novedoso” la obra de Mamani se carga de un sentido más profundo: la reflexión sobre el valor de las culturas y su persistencia en el tiempo. Al igual que la cultura gala permanece aunque Notre Dame arda, es la cultura aymara la que florece en las construcciones de Freddy, aunque Tiahuanaco esté en ruinas. Y esto sucede en los nuevos tiempos de los viejos pueblos indoamericanos.

Entrevista a Freddy Mamani:

Por María Ester Nostro
Fecha: 13/05/2019
Fuentes: Conferencia de Freddy Mamani en el Encuentro de Cultura, Arte, y Arquitectura Indígena de las Américas, en Buenos Aires, 22/03/2019.González Cosio, Luis. Semiótica de la arquitectura.

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