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Los antiguos nos enseñan que el atributo de “eficacia” que tanto persigue el modernismo cientificista, se ha sostenido durante milenios con el poder de una creencia basada en la identidad cultural, el valor a la palabra y la comunión con la Madre Tierra

En distintos momentos históricos, pueblos de todo el mundo han compartido el convencimiento sobre la existencia de un “ser” que protege a las distintas especies de la fauna y flora autóctona, así como las fuentes de agua y otros sitios sagrados. Durante milenios, el poder de esta convicción ha cumplido con la efectiva función de mantener un equilibrio ecológico que solo se ha visto severamente dañado con el actual modelo de explotación intensiva de los recursos naturales.

El Yastay, el Sachayoj y el Coquena en diferentes regiones de Sudamérica, el Busgosu en los bosques cantábricos, Selvans en la antigua mitología etrusca y el Fauno en la Romana. Si nos adentrásemos en las comunidades indígenas y campesinas de cada rincón del planeta y preguntáramos por las deidades protectoras de la naturaleza, confeccionaríamos una interminable lista de nombres, mitos, leyendas y rituales relacionados. Es el caso del “Dueño o Rey de los Animales”, muy extendido en toda América que logra aun hoy frenar a cazadores “deportivos” y furtivos tentados en dispararle a todo lo que se cruce por el camino.

Esta es una de las creencias que, en el mundo campesino de la provincia de Córdoba (Argentina) continúan vigentes en la intimidad: la certeza de que si el cazador se abusa, corre el riesgo de que le aparezca “el dueño”, un ser sobrenatural que protege a cada una de las especies. En palabras de Don Enrique Quiroga (84 años) “Cuando uno caza mucho algo le sale, algo raro. A mí una vuelta cazando, me ha salido el Vizcachón (haciendo alusión al “dueño” de la vizcacha) ¡Ahhh! –dije- ¡Que te mate otro porque esto no es para mí! Así que no tuve miedo pero tampoco le hice nada”

Los relatos varían en cada región, se adaptan al paisaje, la cultura y la imaginación de cada persona, pero muchos coinciden en que este guardián se presenta con las mismas características del animal que está protegiendo, aunque con dimensiones sensiblemente mayores además de otras características que le confieren total inmunidad ante cualquier agresión.

Así es como mental y emocionalmente estos cazadores criollos salen al monte condicionados en procurar un mínimo de piezas, o sea, lo suficiente para el consumo familiar y como mucho, para compartir con algún vecino. Cumpliendo con esa ancestral limitación, ellos no se arriesgan a que les salga “algo raro” Lo notable es cómo esa condición se ha traducido en un respeto naturalizado durante miles de años, respeto que además remite a una seguridad nacida de la comunión con la naturaleza. Mientras ese acuerdo se mantenga, no hay lugar para el temor. Es lo que nos enseñan nuestros campesinos desde sus sencillas palabras con hondo sentido.

Pero, ¿qué sucede si se viola esa norma? La consecuencia inmediata es la casi segura aparición del “dueño o rey” del animal, situación que perturba emocional y psíquicamente al cazador. Pedro Villarroel (72 años) así lo recuerda y resume lo dicho hasta el momento: “A mí me ha pasado una vuelta, que he salido a cazar vizcachas de noche. Y de repente escucho como un gruñido, y cuando alumbro una de las cuevas, ¡ahí estaba una víbora de cascabel enorme! ¡Pero estaba como protegiendo a las vizcachas, porque estaban todas juntitas y la víbora no les hacía nada! Y usted sabe que me ha visto el bicho ese y ¡queee! No le tiré el tiro ni nada. Ahí nomás me mandé a mudar (salir corriendo) a mi casa y nunca más. ¡Nunca más salí a cazar! Ese bicho ha sido el Vizcachón (refiriéndose al “dueño”) que les avisa a las vizcachas que se guarden en la cueva”

El encontronazo depara diversas situaciones, entre ellas, un estado de confusión mental temporal. Son muchos los relatos de cazadores perdidos en el monte que han vuelto a su hogar tras horas e inclusive a los días de ocurrido este episodio. Pero la ruptura de esta norma trae aparejada otra consecuencia, no tan inmediata pero sí de larga duración: la suerte de la persona cambiará para mal, “todo se dará vuelta”, sucesos nefastos que van desde pequeños incidentes domésticos hasta desgracias que lo marcarán de por vida.

Pero no es el complejo pensamiento “mágico” (a veces subestimado y banalizado por el folklore) el que nos interesa destacar, sino la maravillosa y efectiva función que ha cumplido esta cosmovisión como reguladora de la explotación de los recursos naturales próximos a cada pueblo. A pesar de la importante carga poblacional prehispánica en diferentes regiones y períodos históricos (entre 20 mil y 10 mil años en Sudamérica) el hombre blanco heredó el 100% de la flora y fauna nativa, situación que se encargó de revertir desde los primeros minutos de dominación y se aceleró en los últimos 150 años.

No hay ministerios de ambiente, ni movimientos ecologistas, ni proyectos públicos o privados con abultados presupuestos, ni campañas de sensibilización y educación nacidas desde la concepción occidental que logren detener el desastre. Los antiguos nos enseñan una vez más, que el atributo de “eficacia” que tanto persigue el modernismo cientificista, se ha logrado y sostenido durante milenios con el poder de una sola creencia, basada en la identidad cultural, el valor a la palabra y la comunión con la tierra de la cual somos parte y no es necesario superar.

Por Pablo Rosalía / Asoc. Cultural Relatos del Viento
www.relatosdelviento.org
Fecha:22/1/2016

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