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Las vicisitudes de los bibliotecarios en su afán por protegerlas de los saqueos, incendios intencionales y destrucciones que durante años padecieron estas casas de la memoria

Hay autores como Abu al-Abbas Ahmad bin Ahmad al-Takruri Al-Massufi al-Timbukti (1556), que da nombre a la biblioteca pública de Tombuctú (Mali) y preserva 20.000 manuscritos, donde resguarda sus crónicas, que resultan fascinantes porque era un contemporáneo de Shakespeare que se afectó por la traición y por el amor. En un sublime poema se atrevía a expresar un tema que se volvería nostálgico, identitario y popular: “La sal viene del Norte, el oro viene del sur, la plata viene de los blancos, pero la palabra de Dios, los cuentos hermosos y las posturas santas sólo los hallarás en Tombuctú”.

El amor por los libros no era inusual y se citan anécdotas que tal vez exageran, pero definen un contexto. Se dice, por ejemplo, que Al Uaqidi al morir en el año 823 dejó 823 baúles de libros y que el erudito Al Jahiz fue uno de los primeros hombres víctimas de su biblioteca porque al caerle un armario con libros lo aplastó y murió. Son curiosidades, pero asombrosas porque en la misma fecha una biblioteca en Europa apenas llegaba a 2000 títulos en un monasterio. Sobre todo a partir de la batalla de las Navas de Tolosa en 1212 el exilio de familias morismas al África estableció distintas rutas de libros que fueron sacados para ser salvados de la hoguera, y entre algunos de los que huyeron estaban Al Fazzazi el Qurtubi (1229), Alí ben Ziyad (1468), el arquitecto y poeta Es Saheli (1290), el “último visigodo”, Yuder Pachá y el mitológico Azzan el Wazani mejor conocido como “León el africano”.

Una prueba de la enorme inversión en conocimiento que se hizo en esta región son sus legados, aunque hay que admitir que el 50% de 500.000 libros y archivos han desaparecido. Hoy nada más en Malí hay 408 colecciones privadas de manuscritos, entre las que sobresalen unas 25 cuyas características de organización son peculiares: ʿAbd el-Raḥmān Haman Sīdī, Aḥmad Būlaʿrāf al-Tikni, Fondo Aḥmad Goumou, al-Ḥassānī, Al-Imām al-Aqib, Al-Imām Alfa Sālem, Al-Imām Al-Suyūtī, Al-Muṣṭafā Konate, Al-Anṣārī and Sons, Alfa Bābā de Sankore, Al-Qādī ʿĪsā, Al-Wangarī, Fondo Kaʿti, Mamma Haidara, Muḥammad Maḥmūd (Ber), Muḥammad Tashīr Shirfī, Muḥammad Yaḥyā w. Bou, Shaykh al-Arawānī, Shaykhna Bul Kheyr, Shaykhna Sīdī ʿAlī, Sheibani Maiga, Sīdī Lamine Sīdī Goumou, Sīdī ʿUmar Idje, Zawiyatou al-Kunti y Zeinia (Bou Djebeha).

En la casa de la familia El Sayuti hay 2.500 textos clásicos, fue fundada en el siglo XVIII por al-Ḥājj Muḥammad al-Irāqī, quien abandonó su país para divulgar la doctrina de Mahoma y llegó hasta Tombuctú. La Biblioteca Zeinia, en la villa de Bou Djebeha llegó a ser creada por Ṭālib Sīdī Aḥmad b. al-Bashīr Sūqī al-Adawī hacia 1762 como un centro para manuscritos sagrados, en los que el dueño era un connotado especialista. Su hijo Ibrāhīm continua la tarea de copiado, poniendo fondos de su propio bolsillo y ahora está Shaykh Baye b. Shaykh Zeini, quien se ha ocupado de difundir la importancia de sus obras para atraer el apoyo extranjero que permita financiar proyectos de conservación.

La Biblioteca Mama Haidara, fundada en el siglo XVI en la villa de Bamba que está a 200 kilómetros de Tombuctú, tiene 21.000 manuscritos algunos quemados por un fuego accidental y tuvo su origen en una idea de Muḥammad al-Mawlūd. A mitad del siglo XIX, cuando todo era peor y nada prometía tiempos mejores, la colección fue asumida por Muḥammad al-Ṣāliḥ y reorganizada en un nuevo edificio por Haidara, quien vivió entre los años 1895–1981. Hacia 1973, un grupo de ladrones saqueó parte de sus libros, pero Haidara no se desmoralizó y contribuyó a constituir las bases de lo que sigue siendo un centro especializado en libros medievales de gran nivel. Como suele suceder, su crónica incluye interminables trámites para mejorar el actual edificio, con doce cuartos, oficinas, dos cuartos de huésped, Sala de Libro Raros y Manuscritos, cuartos de digitalización, laboratorio de conservación y restauración, sala de computadoras, sala de lectura y hasta un Café con wifi que mantiene la dignidad de las mejores bibliotecas del mundo africano con exposiciones frecuentes y cursos de formación para jóvenes generaciones.

En cuanto al Centro de Documentación e Investigación Aḥmed Bābā (CEDRAB) hay que indicar que fue creado en 1970, tras un congreso de expertos de la Unesco realizado en Tombuctú en 1967. Bajo el patrocinio de Kuwait, el lugar pasó a disponer de mejores recursos y hoy es un pilar de los institutos de investigación sobre el pensamiento islámico-africano con un catálogo apenas culminado en 2003. Por otra parte la Biblioteca Shaykh al-Arawanī fue fundada en el siglo XVII a 230 km de Tombuctú en la villa de Arawān por Muḥammad Maḥmūd y heredada por su hijo Adel, que se ha dedicado a afianzar la biblioteca en un nuevo edificio.

La biblioteca Aḥmad Būlaʿraf al-Tikni le perteneció a Aḥmad Būlaʿrāf, quien había nacido en 1884 en Guelmīm, y de sus fondos en los empleó 11 copistas incluido su hijo valdría la pena citar obras como al-Wahāj, Naḥū al-Shaharaynī y Nazmūl ʿAshmawi del polémico Muḥammad Yaḥyā b. Salīm al-Walātī; también estaría Manfaʾatu al-Ikhwāni fi Shuwābil al-Iman de Aḥmad b. Būlaʿrāf; un clásico como al-Abqarīʾ fī Nazmi Saḥwi al-Akhdārī de Aḥmad b. Muḥammad b. Ubba al-Mazmarī. De Būlaʿrāf sobresale un título poco conocido como Izālat al-Rayb wa al-Shak wā al-Tarīt fī Zikr al-Muʾalīfīn min ʿulamāʾ al-Takrūr wa al-Ṣaḥrāʾ wa Shinqīṭ, en el que se utilizó la mano experto de copistas y el consejo de bibliófilos. Son joyas, pero no hay olvidar que solo el 13% de la literatura en lengua árabe ha sido traducido en Occidente.

De la biblioteca de Aḥmad Bābā b. Abiʾl ʿAbbās, hay que decir se fundó en el siglo XIX bajo el protectorado francés. No ha tenido mucha fortuna porque parte de su legado se ha perdido, pero se ha mantenido la continuidad de la institución: en 1930 al-Qāḍī Muḥammad al-Amīn se encargó de la biblioteca y tras su muerte en 1982 lo hizo al-Qāḍī ʿUmar Shirfī.

El caso de la biblioteca del copista y bibliófilo Muḥammad Maḥmūd, en la villa de Ver, a unos 50 kilómetros al este de Tombuctú, es interesante porque demuestra cómo vence la perseverancia: el hijo Fida Muḥammad Maḥmūd, en 1988, reunió los manuscritos e hizo el primer inventario que hoy llega a casi 2700 manuscritos sobre los más heterogéneos tópicos del conocimiento humano.

Por ahora, aquí dejo las primeras líneas de un informe en proceso que atestigua el gran valor de los bibliotecarios en defensa de las bibliotecas contra toda forma de terrorismo. En enero de 2017, un grupo yihadista quiso incendiar los manuscritos más antiguos. Pero esta resistencia contra el olvido sigue como una tradición evolutiva digna de nuestro mayor reconocimiento en la noble historia de África.

Por Fernando Báez
Fecha: 13/82017

Nota de edición: Por motivos de espacio, el artículo es un resumen de una serie de crónicas realizadas por el autor, la intención es dar a conocer las intervenciones del autor en los diversos países africanos en donde estuvo investigando sobre la problemática de la biblioclastía, para quienes deseen consultar el texto completo lo pueden hacer a través de este sitio:
http://librosvivientes.blogspot.com.ar/2017/08/las-bibliotecas-africanas-cronicas-de.html
Fernando Báez. Autor de Las maravillas perdidas del mundo: Breve historia de las grandes catástrofes de la civilización (3 tomos, 1600 pags.,2017). Es experto en Biblioclastía, sus obras pueden consultarse en el siguiente sitio: http://fernando-baez.blogspot.com.ar/

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