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La cultura de los pueblos indígenas no es una colección de piezas muertas, sino expresiones vivas en donde su medicina -complementaria de las otras formas de curar tiene un lugar central

La medicina tradicional purépecha de México sigue viva y trabajando por la vida. Desde la Cañada de los Once Pueblos y la herencia de Albina Lázaro y sus sobaduras, pasando por Janitzio y sus parteras, como Márgara Domínguez, que llegó de la vecina isla Pacanda; o por la descendencia de Juan Sacarías y el arte curativo de resinas, limpias o empachos de Pichátaro; y ni se diga del mal de ojo o las molleras levantadas con el índice enganchado al paladar, de la Ciénega.

Hierberos, curanderos, parteras, sobadores, hueseros, adivinadores, brujos… una amplia gama de especialidades para mal de ojo, limpias, maleficios, dolores de cuerpo o cerebro, empachos de calor, estómagos fríos, entre otros padecimientos; o envidias y demás linduras de la condición humana, como la “mala fe” que personas alimentan con tierra de panteón en casa ajena; o espantos, nervios alterados, latido, o el torzón que sacude inocencia y panza de niños.

Plantas, sí, pero también animales de tierra y agua que siguen al servicio de esta antiquísima manera de curar. Sea grasa de coyote o tejón, pata de conejo o venado, carne de armadillo o ardilla, y hasta el penetrante orín de zorrillo; y ni qué decir de la huilota o torcaza que fortalece a quienes la consumen, o el pato migrante que aparece en los días de ánimas en el lago.

Se trata de un lenguaje y prácticas que se repiten en la geografía nacional, como en otros rincones del mundo, por si alguien olvida la profundidad del pasado humano. Una historia medicinal que nos lleva a la cuna misma de la civilización, y que atraviesa todas las culturas que siempre han tenido, por así decirlo, su inventario de plantas curativas.

Abrir Huatápera a medicina indígena: Joel Sacarías

Joel Sacarías es nieto de Genoveva Valdés Romero e hijo de Juan Sacarías Valdés, de quienes aprendió el conocimiento de “cientos, o tal vez miles” de plantas medicinales que desde muy chico supo distinguir en barrancas del cerro Uiramba, aledaño a su natal Pichátaro.

No tiene duda. En emotiva frase sintetiza la actividad de su vida: “la mía es una herencia de siglos sobre la que también he experimentado”. Y es que, a partir de ese conocimiento elemental aprendido de generaciones pasadas, Joel ha creado a lo largo de 40 años, variedad de compuestos medicinales, y ha aprendido diversas técnicas para extraer las esencias curativas de las plantas.

Desde hace cuatro décadas vende sus productos herbolarios en el centro de Uruapan, en puestos callejeros mientras pudo, o como ahora en el tianguis Tariacuri o a la entrada de un viejo billar, contemporáneo de las glorias del mítico Hotel París.

Cree firmemente que el mejor lugar para albergar una permanente exposición y venta de esta rama de la medicina es La Huátapera, por cuanto representa en el tránsito de una organización social a otra, mediada por la invasión europea del Siglo XVI.

Sabe que la cultura de los pueblos indígenas no debe verse como colección de piezas muertas, a propósito del Museo de los Cuatro Pueblos Indígenas que se alberga ahí, en La Huatápera que erróneamente se publicita como primer hospital de América. Por eso piensa en que ese inmueble se debe abrir a expresiones de las culturas vivas, a la medicina tradicional, a la asistencia jurídica contra múltiples abusos discriminatorios que siguen cometiéndose a diario, al florecimiento de lenguas originarias, a la investigación sobre historia y cultura, entre otras.

Joel vende las plantas que conoció en los cerros de su infancia, pero también algunas importadas de otros estados y países, las que poco a poco han ganado lugar en la estantería de bolsas que exhiben a diario, en etiquetas chillantes, los padecimientos que alivian. Y es que como buen hierbero y proveedor de plantas que demanda la medicina regional vigente, Joel exhibe incontables productos como el socorrido nurite en extracto para nervios o dolor de cabeza, o en ramas para el té relajante o el atole que además de ser alimento nutritivo, reconstituye las paredes de estómagos castigados, según nos explica.

Por igual, comparten escaparate la manzanilla para el dolor de estómago y el estrés; la sábila como laxante y regeneradora de cabello; la menta para el cáncer y la buena digestión; el ajo y el epazote contra las indeseadas lombrices y el colesterol; el té de palo azul para el dolor de riñones o los chiqueadores de ruda para las punzadas. Pero también tiene aceites y mezclas contra insomnio, colitis, diabetes, mal de ojo y, por supuesto, el toloache para los obsesionados con amores imposibles.

Desde ese pasillo de billar es posible diagnosticar la salud pública a vuelo de pájaro. Las enfermedades respiratorias son las que más castigan a la población durante todo el año; después la depresión, los nervios y el estrés; aunque inflamaciones de abdomen no se quedan atrás, ni dolores de cabeza que también están a la orden del día, según un rápido barrido a la clientela que anuncia sus padecimientos al preguntar por hojas, tallos, raíces, flores y compuestos diversos.

Sin la tradicional, no hay medicina moderna

Para nuestro entrevistado, la relación entre medicina moderna y tradicional, es simple. La primera solo pudo evolucionar desde el conocimiento acumulado de siglos, el que por acierto y error fue depurando plantas y enfermedades que alivian. La aspirina, por ejemplo, tal vez el primer fármaco producido y consumido en masa, fue sintetizado de la corteza del llamado sauce llorón, que ya de por sí aliviaba los dolores de cabeza; y así es posible seguir la historia de múltiples novedades de la farmacéutica moderna.

Pero además, Joel Sacarías ni siquiera piensa en competir con quirófanos, endoscopías o rayos X. Él mismo no dudaría en acudir a un hospital con tecnología médica de punta, si de una “enfermedad grave” se tratara. De hecho, cree que por desgracia en el mundo hay gente enferma para todas las variantes médicas, sean alópatas, tradicionales, esotéricas y toda la gama que reivindica un lugar dentro del amplio concepto de medicina alternativa. “Hay para todos”, subraya.

Él, como la medicina tradicional en su conjunto, ha ido evolucionando en el manejo herbolario. Día a día ve “las mejorías que hacen a la salud las plantas”, y experimenta combinaciones de extractos para frenar enfermedades complicadas o de ataque simultáneo. Reconoce que en los últimos años se han abierto espacios institucionales para la medicina que representa, pero advierte que han sido insuficientes.

Añora el trabajo de su padre y de su abuela, quienes hace tiempo que pasaron, según se dice, a mejor vida. Aprendió de ellos el manejo de resinas de las se extrae aceite para sobar sobre huesos mal puestos, y aunque “las maderas se están terminando”, aun hay suficiente para obtener esa base aromática sobre la que se hacen diferentes mezclas. Pero además aprendió la hechura de jarabes para la tos o la colitis; y ahora él ha innovado con jabones, champú y hasta con pastillas o cápsulas que hace de plantas molidas, “como en la medicina moderna, cuyas presentaciones gustan a mucha gente, porque al fin, se trata de adaptarse”, concluye.

Por Martín Equihua
Fuente: www.mundopurepecha.combr> Fecha: 5/7/2019

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