Asomaba ya el sol. El rocío todavía empapaba los zapatos, y el calor del sol calentaba sus caras frías. Se preparaban, sigilosamente, para dar un salto de justicia. Porque en la resiliencia hay valentía, pero también ternura; esa que sólo puede tener quien se ha caído pero no está vencido.

Acompañados por líderes, abuelos y abuelas, jóvenes, emprendieron un largo caminar hasta el territorio del que fueron despojados días atrás, dispuestos a recuperarlo. Lo hicieron acompañados por el sonido de sus instrumentos musicales, sus cantos y sus danzas.

El monte no pasa desapercibido para los ojos del que sabe verlo y oírlo. El agua corriendo, los pájaros cantando, las hojas del otoño meciéndose y tocándose unas con otras, formaron parte de ese andar lento, pero sin pausas. Y ahí estaba, sin más ni menos, lo más genuino de la esencia Mbya: la relación indisoluble con la naturaleza y la espiritualidad latiendo a cada paso, sin importar el contexto.

Al llegar se encontraron con un escenario triste pero esperable: las casas estaban destruídas. Pero ni siquiera eso fue excusa para abandonar aquello que tan decididamente habían ido a hacer. La entrada al territorio fue mediante un ritual, mientras sonaban los elementos rituales y el humo de las pipas envolvía el lugar. No faltaron las palabras de aliento de los líderes, ni la sabiduría de los ancianos.

“Había risas y armonía en el lugar. Las mujeres armaron escobas y empezaron a limpiar, también armaron fueguitos. Los niños jugaban y se trepaban a las lianas”, contó uno de los presentes. La escena grafica una vida sencilla, tranquila, en comunión con el monte. Una vida que jamás podrán entender quienes lo ven como mercancía.

A media tarde llego la policía. Eso generó cierta tensión, pero pese a las especulaciones, no hubo sobresaltos. Según afirmaron, sacaron algunas fotos, hicieron algunas anotaciones, y se retiraron. La velada siguió en paz, entre cantos, danzas y el aroma de las chipas que ya humeaban en las ollas.

Fue una recuperación territorial legítima, pero por sobre todo pacífica; atravesada por la unión, la cultura y la espiritualidad. El camino judicial aún no termina, pero la convicción de lo innegable está encendida: ese territorio es Mbya y le pertenece a Puente Quemado II.

Por EMIPA
Fecha: 18/05/2026

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