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Para los pueblos originarios el satélite de la Tierra es un ser del Universo lleno de misterios y enseñanzas. Cuentan los antiguos relatos mapuches que la Luna (Kuyé, Kiyen) después de una gran disputa con el Sol derramó sus lágrimas, las que de tan ardientes se convirtieron en plata. Entonces los mapuches la recogieron, la cuidaron y la hicieron perdurar a través de las fabulosas formas de su platería.

LAS METÁFORAS DE LA PLATERÍA INDÍGENA

La idea de la plata que como lágrimas de la Luna fueron un legado del Cielo a los mapuches, la “gente de la Tierra”, nos habla de la trascendencia de este cuerpo celeste en las cosmovisiones originarias, que incluyen una importante gama de significados alrededor de “lo lunar”, como la expresión cósmica de lo cíclico y su influjo de fertilidad y de “lo femenino” como expresión humana por excelencia de la fuerza vital generativa, manifestada en la capacidad de la mujer para la procreación, la nutrición y el cuidado de la descendencia.

Según las palabras de la artista Beatriz Pichi Malén, “la Luna cumple un rol fundamental en la vida mapuche, es uno de los astros que rige todo lo que es femenino, lo que es hembra, el fruto, la semilla, la tierra, los ciclos. La vinculación entre la Luna y la platería es absoluta, por eso es la mujer y no el hombre la que la usa en su cuerpo”

Por otro lado, la luz blanquecina de la Luna que ilumina tenuemente el misterio nocturno y que la mujer espejea gracias a cubrirse con plata, nos remite a otro plano de la asociación aún más profundo: el de la condición natural de lo femenino para la percepción y el conocimiento de lo oculto, lo cual se refuerza particularmente en el pueblo mapuche por el hecho de que el rol de chamán (en este caso la machi) lo desempeñan mayoritariamente las mujeres.

EL PUEBLO DE LA LUNA Y EL BERÁ

Los charrúas o chrroa ocupaban hacia el siglo XVI la actual provincia de Entre Ríos en Argentina, el sur de Rio Grande do Sul en Brasil y el hoy territorio uruguayo. Iban y venían por los que Danilo Antón llamó el Pirí Guazú, “la gran toldería” ya que los actuales límites de países o provincias para ellos no existían. Intercambiaban no sólo entre los distintos grupos sino también con los guaraníes, los grandes viajeros de la región, los hermanos del Chaco y probablemente con los querandíes.

Fueron originariamente cazadores y recolectores que compartieron muchas costumbres con los tehuelches, incluyendo importantes aspectos de su cosmovisión. En tiempos más recientes incorporaron actividades de agricultura, que realizaban en un solo gran plantío, en donde nada quedaba afuera, y no se consideraba a ninguna planta como maleza. Aún hoy se dice que "toda plantita sirve, si no es para comer, es para curar, o para aromatizar..." La tradición hacía sembrar "todo junto" (....): "la yerba junto a los zapallitos, o la calabaza matera, al tabaquito indio, a la mandioca, a la lucera, la carqueja, el tala, la tuna, el espinillo..."

La Guidaí o la Luna era la Gran Abuela, a quien presentaban a los niños recién nacidos para que pudieran crecer sanos y el Berá o ñandú era el animal sagrado, cuya pata vive hoy en la Cruz del Sur, como en el mito tehuelche y mapuche que dice en una de sus versiones que las estrellas son sus antepasados y que allá en el cielo cazan como lo hacían en la Tierra. Su territorio es la Calle de los Cuentos (Repu Epeu), llamada también el Río del Cielo (Huenu Leufú, la Vía Láctea) en donde viven los ñandúes que han huido de los cazadores terrestres. La señal de su presencia es el Penon Choike o Cruz del Sur, que simboliza la huella de su pata en el firmamento.

EL SAGRADO COLOR BLANCO, EL BRILLO Y EL LUNA

Mama Quilla (Madre Luna) para los incas; Coyolxauhqui (‘la adornada de cascabeles’) para los mexica, nahuas o aztecas; Ixchel (la Mujer Arco Iris) para los mayas, síntesis del amor, la gestación, los trabajos textiles y la medicina; Hanwi, para los lakota, la que representa los ciclos de la vida y lo sobrenatural de las mujeres….podríamos seguir así en decenas y decenas de pueblos indígenas para quienes la Luna es una deidad que resume la blancura - el color sagrado por excelencia- el brillo, con su carga de potencia estética y cosmovisional, lo circular como símbolo de la totalidad.

Una potencialidad que generalmente la liga a lo femenino pero que en algunos casos y tal como sucede habitualmente entre los pueblos originarios -para quienes las cosas pueden ser de una manera y de otra al mismo tiempo- puede también pertenecer al ámbito de lo masculino, como de hecho en algunos pueblos es “el Señor Luna” o simplemente “el Luna”. En las comunidades indígenas de las pampas, la platería que se elaboraba tenía un destino bien masculino: eran piezas para el hombre y para el caballo, con lo cual, “las lágrimas de la luna” quedaban así asociadas a los hombres.

El Orejiverde
Fuentes: Martínez Sarasola, Carlos. 2010. De manera sagrada y en celebración, Bs As, Biblos, Cap.3
Llamazares, Ana Maria, C.Martínez Sarasola y T.Pereda, 2004. Los que movían el metal. En: El lenguaje de los dioses, Bs As, Biblos, pp. 159-198
Martínez Sarasola, Carlos. 2000. Lágrimas de la Luna En: FMR, 56:111-128; Milano, Italia
Fecha: 14/9/2020

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